La Eneida
La Eneida en sí reconocen a los suyos y arrojan a Juno de su pecho.
Pero no por eso la llama y el incendio su fuerza
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indómita depusieron; bajo la mojada madera vive
la estopa vomitando tardo humo y un calor lento
devora las quillas y desciende la peste por todo el cuerpo,
y no valen las fuerzas de los héroes ni los ríos vertidos.
Entonces Eneas piadoso se arranca el vestido de los hombros
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y pide la ayuda de los dioses y tiende sus palmas:
"Júpiter todopoderoso, si aún no odias a los troyanos
hasta el último, si todavía la antigua piedad contempla
las fatigas de los hombres, haz que las llamas dejen la flota
ahora, padre, y libra de la muerte los frágiles restos de los teucros.