La Eneida
La Eneida dejó para la muerte tardía contento con un fraude vano.
Al punto la vengadora armada con su látigo cae saltando,
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Tisífone, sobre los culpables, y con las torvas serpientes
en la izquierda llama al ejército cruel de sus hermanas.
Entonces finalmente chirrían sobre su horrísono gozne y se abren
las sagradas puertas. ¿Ves qué guardián hay sentado
a la entrada, qué monstruo guarda los umbrales?
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La gigantesca Hidra con sus cincuenta negras bocas,
más cruel aún, tiene dentro su sede. Luego es el Tártaro mismo,
que se abre al abismo y se extiende bajo las sombras dos veces
lo que la vista del cielo hasta el Olimpo etéreo.