La Eneida
La Eneida 590
simulaba con bronces y con el trote de los cascos de los caballos.
Pero el padre todopoderoso blandió su dardo entre el denso
nublado, no antorchas o los fuegos humeantes
de las teas, y lo hundió de cabeza en el profundo abismo.
También a Ticio podía verse, retoño de la madre Tierra,
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cuyo cuerpo se extiende a lo largo de nueve yugadas
mientras un buitre enorme de corvo pico
devora su hígado inmortal y las entrañas fecundas
con el castigo y rebusca en su comida y vive metido
en su pecho sin dar descanso alguno a las fibras renacidas.
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¿Para qué mencionar a los Lápitas, a Ixión y Pirítoo?
Sobre ellos una negra roca a punto de caer amenaza
y parece que cae; brillan las patas de oro