La Eneida
La Eneida el campo pacen los caballos. El gusto que de vivos
tuvieron por carros y armas, ese cuidado en dar de comer
a lustrosos caballos, el mismo les sigue bajo tierra.
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A otros distingue, en fin, a derecha e izquierda comiendo
por la hierba y entonando el alegre peán en corro
en el bosque perfumado de laurel del que hacia lo alto
corre caudalosa por la selva la corriente del Erídano.
Aquí el grupo de los que recibieron heridas luchando por la patria,
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y los que fueron castos sacerdotes mientras vivieron,
y los vates piadosos que hablaron dignos de Febo,
o quienes ennoblecieron la vida descubriendo las artes,
quienes por sus méritos lograron que los demás les recordasen:
a todos ellos, ínfulas de nieve les ciñen las sienes.