La Eneida
La Eneida de la boca de quien las dijo y le hizo callar pasmado del augurio.
Al punto: "Salve, tierra que el destino nos debía,
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y salve a vosotros -dijo-, leales Penates de Troya.
Aquí está mi casa, ésta es mi patria. Pues ya mi padre
Anquises (ahora lo recuerdo) me dejó estos arcanos del destino:
"Cuando, hijo mío, estés en litoral desconocido y por el hambre
te veas obligado, agotadas las viandas, a devorar las mesas,
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acuérdate, aun cansado, de esperar tus casas y de con tu mano
levantar allí tu primera morada y disponer alrededor un muro."
Ésta era el hambre aquélla, ésta por último nos aguardaba
para marcar el fin de nuestros sufrimientos.