La Eneida

La Eneida

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y con ronco asenso soplan sus cuernos de bronce.

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Por eso también así se ordenaba a Latino según la costumbre

la guerra declarar a los Enéadas y abrir las tristes puertas.

Se abstuvo el padre de su contagio y rehuyó sin mirar

el ingrato ministerio y se escondió en ciegas sombras.

Entonces la reina de los dioses bajando del cielo con su mano

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empuja las tardas hojas y la hija de Saturno

rompe, girando el gozne, los herrados postes de la Guerra.

Se enciende Ausonia antes en calma e inmóvil;

unos se aprestan a marchar a pie por los campos, otros altivos

en altos caballos se excitan cubiertos de polvo; todos buscan sus armas. 625

Unos bruñen los escudos pulidos y las flechas brillantes


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