La Eneida
La Eneida a cazar por los bosques, los ecuos, y a la dura gleba.
Armados trabajan la tierra y les gusta reunir constantemente
botines nuevos y vivir de la rapiña.
Faltar no podía el sacerdote del pueblo de los marsos
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con el yelmo de la rama del feliz olivo adornado,
por orden del rey Arquipo, el muy valiente Umbrón,
quien con víboras e hidras de pesado aliento
solía infundir el sueño entre cantos y gestos de su mano
y apagaba los enojos y con su arte curaba los mordiscos.
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Mas no le valió para curarse del golpe de la danza
dardánida ni le ayudaron con su herida los cantos
somníferos o las hierbas cogidas en los montes marsos.
El bosque de Angitia te lloró y te lloró el Fucino
de aguas cristalinas y los lagos transparentes.