La Eneida
La Eneida y mi propia persona mandé y vine suplicante hasta tu puerta.
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Los mismos que a ti, el pueblo daunio, con guerra cruel
me persiguen; creen que si nos echan nada habrá
que les impida someter por entero a su yugo la Hesperia toda,
y hacerse con el mar que por arriba la baña y por abajo.
Recibe mi palabra y dame la tuya. Son duros nuestros pechos
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en la guerra; un corazón tenemos y una juventud ya probados."
Había dicho Eneas. Aquél el rostro y los ojos al hablar
hacía rato y todo su cuerpo recorría con la mirada.
Dice así entonces brevemente: "¡Con qué alegría, el más valiente de los teucros,
te recibo y te reconozco! ¡Cómo me recuerdas las palabras