La Eneida
La Eneida por alguna fuerza, ofreciera las mansiones infernales y mostrase
los pálidos reinos, odiosos a los dioses, y desde lo alto se viera
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el inmenso abismo, y temblasen los Manes por la luz recibida.
Así pues, pillado de improviso por el resplandor repentino,
y encerrado en su cavo peñasco y rugiendo como nunca,
Alcides lo acosa desde arriba con sus dardos y echa mano
de todas sus armas y ramas y piedras le arroja como de molino.
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El otro, que ya no puede escapar del peligro,
de sus fauces ingente humareda (asombra decirlo)
vomita y en ciega calígine envuelve la casa
ocultando su visión a los ojos, y llena su gruta
de una noche de humo con tinieblas mezcladas de fuego.
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