La Eneida
La Eneida No lo aguantó Alcides y él mismo se lanzó de cabeza
a través del fuego, por donde más espeso el humo
agita sus ondas y bulle la enorme cueva de negra niebla.
Sorprende aquí a Caco en las tinieblas vanos incendios
vomitando y lo abraza en un nudo y lo ahoga
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con los ojos fuera y seca de sangre la garganta.
Se abre al punto la negra mansión arrancadas sus puertas,
y las vacas robadas y el botín negado con perjurio
se muestran al cielo y por los pies el informe cadáver
es arrastrado. No pueden hartarse los corazones de mirar
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los ojos terribles, el rostro y el velludo pecho
de cerdas de la medio fiera, y los fuegos apagados de su fauces.
Desde entonces celebramos su honor y la alegre descendencia