La Eneida
La Eneida y esperanza; que se acostumbre con tu magisterio
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a la milicia y la pesada tarea de Marte, a contemplar
tus hazañas; que desde su edad primera te admire.
A él doscientos jinetes arcadios, las fuerzas mejores
de nuestra juventud, le daré, y otro tanto en su nombre a ti, Palante."
Apenas había hablado, y clavados le tenían sus ojos
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Eneas el hijo de Anquises y el fiel Acates,
y vueltas daban en su triste pecho a graves desgracias,
si no hubiera Citerea mandado su señal a cielo abierto.
Pues un relámpago de improviso lanzado desde el éter
vino con el trueno y todo pareció agitarse de pronto
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y mugir por el cielo el clangor de la tuba tirrena.