La Eneida
La Eneida Levantan la cabeza y una y otra vez un tremendo fragor les sacude.
Entre las nubes, ven brillar en la región serena del cielo
unas armas por el azul y tronar sacudidas.
Los demás se quedaron sin aliento, mas el héroe de Troya
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reconoció el sonido y las promesas de la diosa, su madre.
Exclama entonces: "En verdad, huésped, no busques
qué suceso anuncia el portento: es a mí a quien llama el Olimpo.
Esta señal la madre que me engendró me dijo que enviaría
si empezaba la guerra, y las armas de Vulcano por los aires
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que mandaría en mi auxilio.
¡Ay! ¡Qué matanzas terribles aguardan a los pobres laurentes!
¡Qué castigo habrás de pagarme, Turno! ¡Cuántos escudos