La Eneida
La Eneida los galos llegaban por las zarzas y el alcázar ocupaban
protegidos por las tinieblas y el regalo de una noche oscura.
Con su cabellera de oro y de oro vestidos
relucen con sus ropas listadas, y sus cuellos de leche
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se ven trabados de oro; en la mano dos jabalinas de los Alpes
agita cada uno, cubiertos los cuerpos con grandes escudos.
Aquí había moldeado a los Salios saltando y a los Lupercos
desnudos, y los gorros de lana y los escudos caídos
del cielo; castas matronas portaban los objetos del culto
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por la ciudad en blandas carrozas. Añadió también lejos
de aquí las sedes del Tártaro, las bocas profundas de Dite