La Eneida
La Eneida aquí y allá rodea los muros a caballo y busca una entrada imposible.
Y como el lobo que acecha el redil recogido
cuando aúlla a los troncos batido por el viento y la lluvia,
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pasada la medianoche; seguros bajo sus madres los corderos
no dejan de balar; él, irritado y negro de ira, se enfurece
con los que nada puede; le agota la rabia por comer
desde hace tiempo y las fauces secas de sangre.
No de otro modo se enciende de furia el rútulo que contempla
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muros y campamentos, arde el dolor en sus duros huesos.
¿Por dónde buscar un camino de entrada y de sacar a los teucros
encerrados la manera y desparramarlos por el llano?
La flota, que estaba escondida a un lado de las tiendas
protegida por fosos y por las aguas del río,