La Eneida
La Eneida y la flor de la juventud adornaba el rostro imberbe del muchacho.
Un único amor les unía y juntos se lanzaban al combate;
también entonces en guardia común vigilaban la puerta,
Niso dice: "¿Ponen los dioses este ardor en nuestros corazones,
Euríalo, o de cada uno su fiera pasión se vuelve el dios?
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Hace tiempo que se agita mi pecho por combatir
o por emprender algo grande, y no se conforma con este tranquilo reposo.
Ya está viendo la confianza que embarga a los rútulos:
Pocas luces se ven, yacen vencidos por el sueño
y el vino, y todo está en silencio. Escucha todavía
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cuál es mi duda y qué idea en mi ánimo brota.
Ir en busca de Eneas piden todos, el pueblo
y los padres, y enviarle quien le cuente lo que pasa.