La Eneida
La Eneida Sale corriendo la infeliz y con alaridos de mujer
mesándose el cabello, fuera de sí, busca los muros
y las primeras filas, y no se fija en los hombres ni en el peligro
ni en los disparos, y llena entonces el cielo con su lamento:
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"¿Así te veo, Euríalo? ¿Eres tú, el reposo postrero
de mis años, y has podido dejarme sola,
cruel? Y cuando te enviaron a peligros tan grandes,
¿no se dio a tu madre el hablarte por última vez?
¡Ay! Yaces en tierra extraña botín de los perros latinos
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y de sus buitres. Siendo tu madre, ni tus exequias te he podido
hacer, ni he cerrado tus ojos, ni lavé tus heridas,
cubriéndote con la tela que te estaba tejiendo a toda prisa,
de día y de noche, y en el telar consolaba mis cuitas de vieja.