La Eneida
La Eneida 785
de la ingle, mas no se llevó sus fuerzas. Rápido saca
Eneas del muslo la espada gozoso al ver la sangre
del tirreno y persigue decidido al que se tambalea.
Gimió profundamente por amor a su padre querido
cuando lo vio Lauso, y las lágrimas rodaron por su cara
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(aquí la desgracia de una dura muerte y tus gloriosas gestas,
si el tiempo ha de otorgar confianza a empresa tan grande,
no he de callar en verdad ni a ti, joven digno de memoria);
aquél retrocediendo inútil y trabado se retiraba
y trataba de arrancar de su escudo la lanza enemiga.
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Se lanzó el joven y se interpuso entre las armas
y, cuando alzaba ya su diestra y el golpe asestaba,
se metió bajo el filo de Eneas y lo aguantó,