La Eneida
La Eneida gimió con grave compasión y le tendió su diestra
y a su mente acudió la imagen piadosa de su padre.
"¿Qué te dará ahora, pobre muchacho, por tus hazañas,
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qué darte puede el piadoso Eneas adecuado a tan gran alma?
Quédate con tus armas, de las que te alegrabas, y te envÃo
a los Manes y a la ceniza de tus padres, si eso te preocupa.
Con esto aliviarás, infeliz, tu muerte desgraciada:
caes por la diestra del gran Eneas." Llama al punto
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a los vacilantes compañeros y alza del suelo a Lauso,
manchados de sangre sus bien peinados cabellos.
Entretanto su padre junto a las aguas del rÃo Tiberino
restañaba con el lÃquido sus heridas y aliviaba su cuerpo
apoyado en el tronco de un árbol. Su yelmo de bronce