La Eneida
La Eneida 835
cuelga, lejos, de una rama y en el prado descansan las armas más pesadas.
Le rodean en pie jóvenes escogidos; él mismo herido, jadeante,
da reposo a su cuello, desparramada por el pecho la larga barba;
mucho pregunta sobre Lauso y a muchos envía
a buscarle, que le lleven los recados de su afligido padre.
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Mas a Lauso traían sus compañeros sin vida sobre las armas
llorando, inmenso y vencido por inmensa herida.
De lejos reconoció el lamento el corazón que presagia los males.
Ensucia sus canas con mucho polvo y al cielo
alza ambas palmas y se abraza a su cuerpo:
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"¿Deseo tan grande de vivir, hijo mío, de mí se ha apoderado