La Eneida
La Eneida Los arcadios corrieron a las puertas y según la antigua costumbre
empuñaron antorchas funerales; reluce el camino con larga
hilera de llamas que parte los campos en dos.
La turba de frigios que viene a su encuentro alcanza
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al doliente ejército. Cuando las madres vieron que entraban
en las casas, encienden con sus gritos la afligida ciudad.
Y ninguna fuerza es capaz de sujetar a Evandro
que se lanza a buscarle. Depositado el féretro,
se arrojó sobre Palante y le abraza llorando y gimiendo,
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y apenas abrió por fin el dolor camino a las palabras:
"No era ésta, Palante, la promesa que hiciste a tu padre
de que con cuidado te habrías de entregar a un Marte cruel.