La Eneida
La Eneida medio apagadas sin poder retirarse hasta que la húmeda noche
da vuelta al cielo tachonado de estrellas encendidas.
Y también, muy lejos de allí, los míseros latinos
erigieron innúmeras piras y entierran por un lado
muchos cuerpos de soldados y por otro los toman
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y los llevan a los campos vecinos y a la ciudad los devuelven.
El resto, un enorme montón de confusa matanza,
sin número ni honores lo queman; brillan entonces por doquier
las vastas llanuras con frecuentes hogueras.
La luz tercera había retirado del cielo la gélida sombra;
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afligidos retiraban de las piras la alta ceniza y los huesos
mezclados y los cubrían con una tibia capa de tierra.
Ya dentro de las casas, en la ciudad del muy rico Latino,