La Eneida
La Eneida y vagan como aves de los ríos (¡ay, suplicios crueles
de los míos!) y llenan los escollos de voces lastimeras.
Esto debí esperármelo yo desde aquel día
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en que, loco de mí, ataqué con mi espada el cuerpo
de la diosa y profané con una herida la diestra de Venus.
No, en verdad, no me arrastréis a tales combates.
Ni volveré a entrar en guerra con los teucros tras la caída
de Pérgamo ni me acuerdo ni me alegro de viejos males.
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Los presentes que me ofrecéis de vuestras costas patrias,
llevádselos a Eneas. Nos enfrentamos como armas enhiestas
y hemos llegado a las manos; creed a quien conoce
cuánto se yergue sobre su escudo, con qué remolino blande la lanza.