La Eneida
La Eneida sigue por doquier y blande con intención aviesa su lanza certera.
Por caso Cloreo, un día sacerdote consagrado al Cíbelo,
brillaba destacado a lo lejos entre las armas frigias
y espoleaba a su espúmeo caballo a quien cubría
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una piel de escamas de bronce como plumas cosida en oro.
Él también, reluciente de exótica púrpura parda,
disparaba flechas de Gortina con el arco licio;
de oro colgaba el arco de sus hombros y de oro el yelmo
del vate; había recogido además en un nudo la clámide
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azafrán y los pliegues de lino, crepitantes de oro amarillo,
bordada con aguja su túnica y la bárbara ropa de las piernas.
A éste la virgen, bien por clavar en los templos armas