La Eneida
La Eneida del silbido, del aire o del dardo que venía del éter,
hasta que la lanza se clavó con fuerza bajo el pecho
descubierto y en lo profundo bebió la sangre de la virgen.
Acuden presurosas sus compañeras y abrazan a su dueña
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que se desploma. Arrunte huye más asustado que nadie
con una mezcla de miedo y alegría y no se atreve ya a confiar
en su lanza o a enfrentarse a los dardos de la virgen.
Y como el lobo aquel, tras matar a un pastor o a un gran novillo
y antes que le persigan los dardos enemigos, se esconde
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al punto y se pierde en lo profundo del monte,
consciente de su atrevida acción, y doblando la cola
temblorosa la mete bajo el vientre y se encamina a los bosques;