La Eneida
La Eneida 45
con estas palabras; aumenta más aún y se agrava con la medicina.
En cuanto pudo hablar, insistió de esta manera:
"Todo ese afán de protegerme, te suplico, óptimo padre, ese afán
depón y déjame sufrir la muerte a cambio de la gloria.
También nosotros, oh padre, dardos y hierro no flojo lanzamos
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con la diestra, y de sus heridas mana igualmente la sangre.
Él tendrá lejos a su divina madre, sin que cubrir pueda
su huida con nube mujeril y ocultarse en sombras vanas."
Mas la reina, asustada de la nueva suerte del combate,
lloraba y dispuesta a morir sujetaba al yerno ardiente:
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