La Eneida
La Eneida que no lleve a los teucros contra los rútulos; descansen las armas de rútulos
y teucros, decidamos esta guerra con nuestra sangre
y conquiste a su esposa Lavinia en aquel llano."
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Luego que dijo esto y rápido se retiró a su tienda,
pide sus caballos y goza viéndolos relinchar ante él;
la propia OritÃa los entregó como premio a Pilumno
y ganaban a la nieve en blancura y en rapidez al viento.
Los rodean sus atentos aurigas y con la palma de la mano
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acarician y palmean sus pechos y les peinan las crines del cuello.
Él mismo después rodea sus hombros con la loriga
rÃgida de oro y blanco oricalco y a la vez coloca en su sitio
la espada y el escudo y las puntas de su roja cresta,
la espada que el mismo dios señor del fuego habÃa forjado