Cándido

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La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios, algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió, muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes hinchados.


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