Cándido

Cándido

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Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura, latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del taburete.

En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor, ¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el alguacil.



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