Cándido
Cándido ¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron, sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar: la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize. Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban, y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader veneciano, y le acompañé á Constantinopla.