Cándido
Cándido Luego que pudiéron andar mis compañeras, las conduxéron á Moscou, y yo cupe en suerte á un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte zurriagazos cada dia. A cabo de dos años fué desquartizado este señor, por no se qué tracamundana de palacio; y aprovechándome de la ocasion, me escapé, atravesé la Rusia entera, y serví mucho tiempo en los mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. Así he envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del trasero, siempre acordándome de que era hija de un papa. Cien veces he querido darme la muerte, mas me sentia con apego á la vida. Acaso esta ridícula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque ¿donde hay mayor necedad que empeñarse en llevar continuamente encima una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de su exîstencia, y querer exîstir; halagar en fin la víbora que nos está royendo, hasta que nos haya comido las entrañas y el corazon?