Cándido

Cándido

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Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otro patron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian, quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ¿Quanto pide vm., le preguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mi bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros, y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí el prudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sin regatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, y dixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mil le daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez volvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treinta mil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuró el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos. Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estaban ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en una lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa. En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay! exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese á la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para hacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juez holandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á la puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era regular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra, le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.


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