Cándido
Cándido Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin, porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama sepultura en tierra santa, lo qual significa podrirse con toda la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias, y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y riéndose se cometen las mas detestables acciones.