Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Si las dos partes hubieran sido lo bastante sabias como para convenir que el emperador tenía razón, el mundo cristiano no se habría ensangrentado durante trescientos años.
¿Qué hay, en efecto, de más horrible que el decir a los hombres: «Amigos míos, no basta con ser súbditos fieles, hijos sumisos, padres solícitos, vecinos equitativos, practicar todas las virtudes, cultivar la amistad, rehuir la ingratitud y adorar a Jesucristo en paz; hace falta además que sepáis que se es engendrado desde toda la eternidad, y si no sabéis distinguir el oumousion en la hipóstasis, os anunciamos que seréis quemados eternamente y, mientras tanto, empezaremos por degollaros»?
Si se hubiera sometido tal decisión a un Arquímedes, a un Posidonio, a un Varrón, a un Catón, a un Cicerón, ¿qué habrían respondido?