Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Constantino no perseveró en la resolución de imponer silencio a las dos partes: podÃa hacer venir a los jefes del egotismo a su palacio; podÃa preguntarles en nombre de qué autoridad perturbaban al mundo: «¿Tenéis los tÃtulos de la familia divina? ¿Qué os importa que el Logos sea hecho o engendrado con tal de que se predique una buena moral y que se practique si se puede? He cometido muchas faltas en mi vida, y vosotros también; vosotros sois ambiciosos, y yo también; el imperio me ha costado engaños y crueldades; he asesinado a casi todos mis prójimos, y me arrepiento de ello; quiero expiar mis crÃmenes tranquilizando al Imperio romano, no me impidáis hacer el único bien que pueda hacer olvidar mis antiguas barbaries; ayudadme a acabar mis dÃas en paz». Quizá no hubiera obtenido nada de los contendientes, tal vez le halagara presidir un Concilio vestido con un largo traje rojo, y con la testa cargada de pedrerÃa.
Y, sin embargo, ahà estaba lo que abrió la puerta a todas las calamidades que nos vinieron de Asia para inundar Occidente. De cada versÃculo discutido salió una furia armada de un sofisma y de un puñal, que volvió a todos los hombres insensatos y crueles. Los hunos, los hérulos, los godos y los vándalos que sobrevinieron hicieron infinitamente menos mal. Y el mayor que hicieron fue el de prestarse ellos mismos, finalmente, a esas disputas fatales.