Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Es verdad que esos horrores absurdos no ensucian todos los dÃas la faz de la Tierra; pero han sido frecuentes, y podrÃa componerse con ellos un volumen mucho más grueso que los Evangelios que los reprueban. No sólo es muy cruel perseguir, en esta corta vida, a los que no piensan como nosotros, sino que no sé si es muy atrevido sentenciar su condenación eterna. Me parece que no les corresponde a unos átomos momentáneos, como somos nosotros, anticiparse de ese modo a los juicios del Creador. Estoy muy lejos de enfrentarme a la sentencia: «fuera de la Iglesia no hay salvación»; la respeto, asà como todo lo que ella enseña; pero, en verdad, ¿acaso conocemos nosotros todos los caminos de Dios, y toda la extensión de sus misericordias? ¿No está permitido esperar en Él tanto como temerlo? ¿No es suficiente con ser fieles a la Iglesia? ¿Será preciso que cada individuo usurpe los derechos de la divinidad y decida antes que ella sobre la suerte eterna de todos los hombres?
Cuando llevamos luto por un rey de Suecia, o de Dinamarca, o de Inglaterra, o de Prusia, ¿decimos que lo llevamos por un réprobo que arde eternamente en el infierno? En Europa hay cuarenta millones de habitantes que no son de la Iglesia de Roma: ¿les diremos a cada uno de ellos «Señor, habida cuenta de que estáis infaliblemente condenado, no quiero comer, ni contratar, ni conversar con vos»?