Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso ¿Qué embajador de Francia, al ser presentado en audiencia al Gran Señor, se dirá, en el fondo de su corazón?: «Su Alteza será infaliblemente quemado por toda la eternidad, ya que se ha sometido a la circuncisión». Si creyera realmente que el Gran Señor es el enemigo mortal de Dios, y el objeto de su venganza, ¿podría hablarle?, ¿debería ser enviado a él?, ¿con qué hombre se podría comerciar?, ¿qué deber de la vida civil se podría cumplir si en efecto estuviéramos convencidos de esa idea de que conversamos con réprobos?
¡Oh, sectarios de un Dios clemente! Si tuvierais un corazón cruel, si al adorar a Aquel para el que toda la ley consistía en estas palabras: «Amad a Dios y a vuestro prójimo», habéis sobrecargado esa ley pura y santa con sofismas y con disputas incomprensibles; si hubieseis atizado la discordia, ya fuera por una palabra nueva, ya fuera por una sola letra del alfabeto, si hubierais atribuido penas eternas a la omisión de algunas palabras, de algunas ceremonias que otros pueblos no podían conocer, os diría derramando lágrimas sobre el género humano: «Transportaos conmigo hasta el día en el que todos los hombres serán juzgados, y en el que Dios dará a cada cual según sus obras».