Contra el fanatismo religioso

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Se publicó un monitorio no menos viciado que el procedimiento. Se fue aún más lejos. Marc-Antoine Calas había muerto calvinista, y si había atentado contra sí mismo debía ser arrastrado por el fango; se le inhumó con la mayor pompa en la iglesia de San Esteban, a pesar del cura que protestaba contra esta profanación.

Hay en el Languedoc cuatro cofradías de penitentes, la blanca, la azul, la gris y la negra. Los cofrades llevan una larga capucha con una máscara de paño con dos agujeros para dejar la vista libre; quisieron comprometer al señor duque de Fitz-James, comandante de la provincia, a que entrara en su corporación, pero él los rechazó. Los cofrades blancos le hicieron a Marc-Antoine Calas un servicio solemne, como a un mártir. Jamás una iglesia celebró la fiesta de un verdadero mártir con tanta pompa, pero esta pompa fue terrible. Habían alzado, sobre un magnífico catafalco, un esqueleto que hacían mover y que representaba a Marc-Antoine Calas con una palma en una mano y en la otra la pluma con la que debía firmar la abjuración de la herejía, y que en realidad escribía la sentencia a muerte de su padre.




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