Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Trece jueces se reunieron cada día para resolver el proceso. No había, no podía haber ninguna prueba contra la familia; pero la religión engañada les servía como prueba. Seis jueces persistieron durante bastante tiempo en condenar a la rueda a Jean Calas, a su hijo y a Lavaisse, y a la mujer de Jean Calas a la hoguera. Siete otros, más moderados, querían al menos que se reflexionase. Los debates fueron reiterados y largos. Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso el celo de la humanidad al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público de los Calas en todas las casas de Toulouse, en las que los continuos gritos de la religión ofendida pedían la sangre de esos infortunados. Otro juez, conocido por su violencia, hablaba en la ciudad con tanta pasión contra los Calas como el primero mostraba diligencia en defenderlos. Finalmente, el alboroto fue tan grande que fueron obligados a recusarse mutuamente; se retiraron al campo.
Pero, por una extraña desgracia, el juez favorable a los Calas tuvo la delicadeza de persistir en su recusación, mientras que el otro volvió para dar su voto contra quienes no debía juzgar: fue este voto el que determinó la condena a la rueda, ya que hubo ocho votos contra cinco, al haberse pasado finalmente uno de los seis jueces opuestos, tras numerosas discusiones, al partido más severo.