Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Hubo tiempos, de sobra es sabido, en los que ciertas cofradías fueron peligrosas. Los Hermanitos, los Flagelantes, causaron problemas. La Liga comenzó gracias a semejantes asociaciones. ¿Por qué distinguirse así del resto de los ciudadanos? ¿Se creían más perfectos? Eso mismo es un insulto para el resto de la nación. ¿Se pretendía que todos los cristianos ingresasen en la cofradía? ¡Sería un buen espectáculo ver a Europa con capuchón y con una máscara con dos agujeritos delante de los ojos! ¿Se puede pensar de buena fe que Dios prefiere ese atavío a un justillo? Es más: ese hábito es un uniforme de los controversistas, que advierte a sus adversarios que se pongan en armas; puede suscitar una especie de guerra civil en los ánimos; acabaría tal vez en funestos excesos, si el rey y sus ministros no fueran tan prudentes como son insensatos los fanáticos.
Desde que los cristianos discuten sobre el dogma sabemos bien lo que eso ha costado: ha corrido la sangre, ya sea en los cadalsos, ya sea en las batallas, desde el siglo cuarto hasta nuestros días.
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