Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Es verdad que el gran emperador Yongzheng, el más sabio y magnánimo que haya tenido China, expulsó a los jesuitas; pero no fue porque fuera intolerante, sino al contrario, porque los jesuitas lo eran. Dan cuenta ellos mismos, en sus curiosas cartas, de las palabras que les dice ese buen prÃncipe: «Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en Manila y en Japón; habéis engañado a mi padre, no esperéis engañarme igual a mû. Si se lee todo el discurso que se dignó ofrecerles, nos parecerá el más sabio y clemente de los hombres. ¿PodrÃa, en efecto, admitir allà a unos fÃsicos de Europa que, bajo pretexto de mostrar unos termómetros y unas eolÃpilas a la corte, habÃan ya sublevado a un prÃncipe de la sangre? ¿Y qué habrÃa dicho este emperador si hubiera leÃdo nuestras historias, si hubiera conocido nuestros tiempos de la Liga y de la conspiración de las pólvoras?
Ya tenÃa suficiente con estar informado de las querellas indecentes de los jesuitas, de los dominicos, de los capuchinos, del clero secular, enviados desde la otra punta del mundo a sus Estados: venÃan a predicar la verdad y se anatemizaban los unos a los otros. El emperador no hizo pues sino echar a unos perturbadores extranjeros: ¡pero con qué bondad los despidió! ¡Qué cuidados paternales les procuró para su viaje y para impedir que no se los insultara en el camino! Su propio destierro fue un ejemplo de tolerancia y de humanidad.