Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Salgamos de nuestra pequeña esfera y examinemos el resto de nuestro globo. El gran Señor gobierna en paz veinte pueblos de religiones diferentes: doscientos mil griegos viven con seguridad en Constantinopla; el muftí incluso nombra y presenta al patriarca griego ante el emperador; se consiente que haya un patriarca latino. El sultán nombra a los obispos latinos para algunas islas de Grecia, y esta es la fórmula de la que se sirve: «Le mando que vaya a residir como obispo a la isla de Quío, según su antigua costumbre y sus vanas ceremonias». Este imperio está lleno de jacobitas, nestorianos, de monotelitas; hay coptos, cristianos de san Juan, judíos, banianos. Los anales turcos no hacen mención de ninguna revuelta promovida por ninguna de estas religiones.
Id a la India, a Persia, a Tartaria; veréis la misma tolerancia y la misma tranquilidad. Pedro el Grande ha favorecido todos los cultos de su vasto imperio: el comercio y la agricultura han ganado con ello, y el cuerpo político nunca se ha resentido de ello.
El Gobierno de China no ha adoptado nunca, desde hace más de cuatro mil años que es conocido, otro culto que el de los noáquidas, la simple adoración de un solo dios: sin embargo, tolera las supersticiones de Fo, y a una multitud de bonzos que sería peligrosa si la prudencia de los tribunales no los hubiera siempre contenido.