Contra el fanatismo religioso

Contra el fanatismo religioso

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Volved los ojos al otro hemisferio, ved la Carolina, de la que fue legislador el prudente Locke: todo padre de familia, con que tenga en su casa solamente a siete personas, puede establecer en ella una religión de su elección, siempre que esas siete personas concuerden con él. Esa libertad no ha hecho nacer ningún desorden. Dios nos preserve de citar ese ejemplo para animar a cada casa a dotarse de un culto particular; lo traemos a colación sólo para hacer ver que el exceso más grande al que haya podido llegar la tolerancia nunca ha sido seguido por la más ligera disensión.

¿Y qué decir de esos pacíficos primitivos, a los que por burla llaman cuáqueros, y que, con unos usos tal vez ridículos, han sido tan virtuosos y han enseñado inútilmente la paz al resto de los hombres? Viven en Pensilvania y son cien mil; la discordia y la controversia son ignoradas en la feliz patria que se han dado, y el solo nombre de su ciudad de Filadelfia, que les recuerda en todo momento que los hombres son hermanos, es el ejemplo y la vergüenza de los pueblos que aún no conocen la tolerancia.

En fin, esa tolerancia no ha alentado nunca una guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de masacres. Júzguese ahora entre estas dos rivales, entre la madre que quiere que se degüelle a su hijo y la madre que lo cede con tal de que viva.


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