Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso La nación comenzaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron la bula Unigenitus, que enviaron a Roma; creyeron estar todavÃa en aquellos tiempos de ignorancia, en los que los pueblos adoptaban sin examen las aserciones más absurdas. Se atrevieron a proscribir esta proposición, que es de una verdad universal en todos los casos y en todos los tiempos: «El temor a una excomunión injusta no debe impedir en absoluto cumplir con el deber»; era proscribir la razón, las libertades de la iglesia galicana y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena que no cumpláis nunca con vuestro deber si ello os hace que temáis a la injusticia; nunca se ha ofendido al sentido común más descaradamente; los consultores de Roma no se cuidaron de ello. Se persuadió a la curia de Roma de que esta bula era necesaria y que la nación la deseaba; fue firmada, sellada y enviada, y ya conocemos las consecuencias: ciertamente, si se hubieran previsto, se habrÃa mitigado la bula. Las disputas fueron vivas, la prudencia y la bondad del rey finalmente las apaciguaron.
Sucede lo mismo con buena parte de los puntos que nos separan de los protestantes; hay algunos que no tienen ninguna consecuencia; hay otros más graves, pero sobre los cuales el furor de la disputa se ha amortiguado tanto que los mismos protestantes no predican hoy la controversia en ninguna de sus iglesias.