Contra el fanatismo religioso

Contra el fanatismo religioso

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Pasaremos aquí por alto todos los detalles de los que han dado cuenta los abogados; no describiremos el dolor y la desesperación del padre y de la madre, sus gritos fueron oídos por los vecinos. Lavaisse y Pierre Calas, fuera de sí, corrieron en busca de los cirujanos y la justicia.

Mientras cumplían con ese deber, mientras el padre y la madre eran un mar de sollozos y lágrimas, todo el pueblo de Toulouse se arremolinó en torno a la casa. Ese pueblo es supersticioso e iracundo; ve como a monstruos a sus hermanos que no son de la misma religión que él. Fue en Toulouse donde se dieron solemnemente las gracias a Dios por la muerte de Enrique III, y donde se juró degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen Enrique IV. Esta ciudad todavía solemniza todos los años, con una procesión y con fuegos de artificio, el día en que masacró a cuatro mil ciudadanos heréticos hace dos siglos. En vano seis sentencias del Consejo han prohibido esa odiosa fiesta, los tolosanos la han celebrado siempre como unos juegos florales.





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