Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija muy alocada de una madre muy prudente. Esas dos hijas han subyugado durante largo tiempo a toda la Tierra.
Cuando, en nuestros siglos de barbarie, apenas había dos señores feudales que tuvieran en su casa un Nuevo Testamento podía ser perdonable ofrecer fábulas al vulgo, es decir, a esos señores feudales, a sus mujeres imbéciles y a los brutos de sus vasallos; se les hacía creer que san Cristóbal había trasladado al Niño Jesús de un borde del río al otro; se les apacentaba con historias de brujos y de posesos: podían imaginar con facilidad que san Genol curaba la gota y que santa Clara curaba los ojos enfermos. Los niños creían en el hombre lobo y los padres en el cordón de san Francisco. La cantidad de reliquias era innumerable.
La herrumbre de tanta superstición ha subsistido durante tiempo entre los pueblos, incluso cuando por fin la religión quedó depurada. Sabemos que cuando el señor de Noailles, obispo de Chalons, hizo que se quitase y se arrojase al fuego la pretendida reliquia del ombligo de Jesucristo, toda la ciudad de Chalons lo procesó, pero él tuvo tanto valor como piedad y pronto consiguió hacer creer a los habitantes de la Champaña que se podía adorar a Jesucristo en espíritu y en verdad sin tener que conservar su ombligo en una iglesia.