El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Todo lo que los esfuerzos de la ambición y la previsión humanas pueden preparar para destruir una nación, lo hizo Luis XIV. No hay entre los hombres ejemplo de una pequeña empresa hecha con preparativos más formidables. De todos los conquistadores que han invadido una parte del mundo, ninguno comenzó sus conquistas con tantas tropas ordenadas y tanto dinero como empleó Luis XIV para subyugar el pequeño estado de las Provincias Unidas. Cincuenta millones, que hoy serían noventa y siete, se consumieron en estos aprestos. Treinta barcos de cincuenta cañones se unieron a la flota inglesa, formada por cien velas. El rey y su hermano se dirigieron a las fronteras del Flandes español y de Holanda, hacia Maëstricht y Charleroi, con más de ciento doce mil hombres. El obispo de Múnster y el elector de Colonia tenían alrededor de veinte mil. Los generales del ejército del rey eran Condé y Turena. Luxemburgo mandaba bajo sus órdenes. Vauban debía dirigir los asedios. Louvois estaba en todas partes con su diligencia acostumbrada. Jamás se vió un ejército tan magnífico y al mismo tiempo mejor disciplinado. Era sobre todo un espectáculo imponente el cuarto militar del rey nuevamente reformado. Lo formaban cuatro compañías de guardias de corps, cada una integrada por trescientos gentileshombres, entre los cuales habían muchos jóvenes cadetes sin paga, sujetos como los demás a la regularidad del servicio; doscientos gendarmes de la guardia; doscientos soldados de caballería ligera; quinientos mosqueteros, todos gentileshombres elegidos, engalanados con su juventud y su buena apariencia; doce compañías de la gendarmería, aumentadas luego hasta dieciséis; los cien-suizos también acompañaban al rey, y sus regimientos de guardias franceses y suizos montaban guardia delante de su casa o de su tienda. Estas tropas, en su mayor parte cubiertas de oro y plata, eran al mismo tiempo objeto de terror y de admiración para los pueblos, entre los cuales toda suerte de magnificencia era desconocida. Una disciplina, que había sido hecha aún más estricta, puso en el ejército un nuevo orden. No existían todavía los inspectores de caballería e infantería que hemos visto después; dos hombres, únicos cada uno en su género, hacían sus funciones. Martinett ponía a la infantería al nivel de disciplina en que se halla hoy, y el caballero de Fourilles desempeñaba la misma tarea en la caballería. Desde hacía un año, Martinett había adoptado la bayoneta en algunos regimientos; antes no se usaba de manera constante y uniforme. Esta última arma, de las más terribles que el arte militar haya inventado, era conocida pero se la utilizaba poco, porque predominaban las picas. Ideó también pontones de cobre que se transportaban cómodamente sobre carretas. El rey, con todas estas ventajas, seguro de su fortuna y de su gloria, llevaba consigo un historiador que debía escribir sus victorias; era Pelisson, hombre de quien se habla en el artículo sobre las bellas artes,[71] más capaz de escribir bien que de no adular.