El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Este equilibrio que Inglaterra, durante tanto tiempo, se jactó de mantener entre los reyes por su poder, la corte de Roma trataba de mantenerlo por su política. Italia estaba dividida, como hoy, en varias soberanías: la que posee el papa es lo bastante grande para hacerlo respetable como príncipe, y demasiado pequeña para hacerlo temible. La naturaleza de su gobierno dificulta el poblamiento del país, que, por otra parte, posee poco dinero y comercio; su autoridad espiritual, un tanto mezclada siempre de autoridad temporal, es desconocida y aborrecida por la mitad de la cristiandad; y si en la otra es considerado como un padre, tiene hijos que le resisten a veces con razón y con éxito. La máxima de Francia es mirarlo como persona sagrada, pero atrevida, a la cual hay que besar los pies y atar algunas veces las manos. Se pueden ver todavía, en todos los países católicos, las huellas de los pasos dados, en otro tiempo, por la corte de Roma, hacia la monarquía universal. Al advenimiento de un nuevo papa, todos los príncipes de religión católica le envían embajadas llamadas de obediencia. Cada corona tiene en Roma un cardenal que toma el nombre de protector. El papa da bulas de todos los obispados y se expresa en ellas como si confiriera esas dignidades por su solo poder. Todos los obispos italianos, españoles, flamencos, se llaman obispos por la gracia divina, y por la de la Santa Sede. Hacia el año 1682, numerosos prelados franceses rechazaron esta fórmula, desconocida en los primeros siglos; y hemos visto en nuestros días, en 1754, a un obispo (Stuart Fitzjames, obispo de Soissons) lo bastante valiente como para omitirla en un mandamiento que debe pasar a la posteridad, mandamiento, o más bien instrucción única, en la cual se dice claramente lo que ningún pontífice se había atrevido a decir, a saber, que todos los hombres, y hasta los infieles, son nuestros hermanos.