El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Pocos ejemplos hay de un orgullo tan grande al que le siguieran tantas humillaciones. El marqués de Torcy, que suplicaba en La Haya a nombre de Luis XIV, se dirigió al príncipe Eugenio y al duque de Marlborough, después de perder el tiempo con Heinsius. Los tres deseaban la continuación de la guerra. Para el príncipe era la grandeza y la venganza; para el duque, la gloria y una fortuna inmensa, que lo atraía igualmente; y el tercero, gobernado por los otros dos, se consideraba un espartano que abatía a un rey de Persia. No propusieron una paz, sino una tregua; y durante esa tregua, la total satisfacción para todos los aliados y ninguna para los aliados del rey; a condición de que el rey se uniera a sus enemigos para expulsar de España a su propio nieto en el espacio de dos meses y de que, para mayor seguridad, comenzara por ceder, para siempre, diez ciudades a los holandeses en Flandes, por devolver Estrasburgo y Brissac y por renunciar a la soberanía de Alsacia. Luis XIV no esperó, cuando negó en otro tiempo un regimiento al príncipe Eugenio, cuando Churchill no era todavía coronel en Inglaterra y apenas conocía el nombre de Heinsius, que un día esos tres hombres le impondrían semejantes leyes. En vano Torcy quiso tentar a Marlborough con el ofrecimiento de cuatro millones: el duque, que amaba tanto la gloria como el dinero y que, con las ganancias inmensas producidas por sus victorias, estaba por encima de los cuatro millones, dejó al ministro de Francia el dolor de una proposición vergonzosa e inútil. Torcy comunicó al rey las órdenes de sus enemigos. Luis XIV hizo entonces lo que jamás había hecho con sus súbditos. Se justificó ante ellos dirigiendo a los gobernadores de las provincias, a las comunidades de las ciudades, una carta circular, por la cual, dando cuenta a sus pueblos de la carga que se veía obligado a hacerles sostener todavía, excitaba su indignación, su honor y hasta su piedad.[200] Los políticos dijeron que Torcy había ido a humillarse en La Haya solamente para probar a los enemigos su equivocación, para justificar a Luis XIV ante los ojos de Europa y para animar a los franceses por el resentimiento del ultraje hecho en su persona a la nación; pero, en realidad, sólo fue para pedir la paz. El presidente Rouillé estuvo algunos días más en La Haya para tratar de obtener condiciones menos abrumadoras; y por toda respuesta los Estados ordenaron a Rouillé que partiera en el plazo de veinticuatro horas.