El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Cuando el inspector general Colbert obtuvo, en 1664, la dirección de las construcciones, que es propiamente el ministerio de las artes[325] [326]se aplicó a secundar los proyectos de su soberano. Primero, fué necesario trabajar para terminar el Louvre. Se eligió a François Mansart, uno de los más grandes arquitectos que haya tenido Francia, para construir los amplios edificios proyectados. No quiso encargarse de la obra sin tener la libertad de rehacer lo que le pareciera defectuoso en la ejecución. Esta falta de confianza en sí mismo, que hubiera acarreado demasiados gastos, determinó que se lo rechazara. Trajeron de Roma al caballero Bernini, célebre por la columnata que rodea el atrio de San Pedro, por la estatua ecuestre de Constantino y por la fuente Navona. Le proporcionaron los medios de transporte para su viaje y fué llevado a París como un hombre que venía a honrar a Francia. Además de cinco luises por día, durante los ocho meses de su permanencia, recibió un presente de cincuenta mil escudos, con una pensión de dos mil y una de quinientos para su hijo. La generosidad que Luis XIV tuvo con Bernini[327] fué mayor aún que la magnificencia de Francisco I con Rafael. El Bernini, por agradecimiento, hizo después en Roma la estatua ecuestre del rey, que se encuentra en Versalles.[328] Pero cuando llegó a París, con tanto aparato, como el único hombre digno de trabajar para Luis XIV, se sorprendió[329] mucho al ver el dibujo de la fachada del Louvre, del lado de Saint Germain l'Auxerrois, que muy pronto se convirtió, al ser ejecutado, en uno de los más augustos monumentos de arquitectura existentes en el mundo. Claude Perrault había concebido ese diseño, ejecutado por Louis Levau y Dorbay. Él fue quien inventó las máquinas con las que se llevaron piedras de cincuenta y dos pies de largo para formar el frontón del majestuoso edificio.[330] A veces se va a buscar muy lejos lo que existe en el propio país. Ningún palacio de Roma tiene una entrada comparable con la del Louvre, y se la debemos a Perrault, a quien Boileau se atrevió a pretender ridiculizar. Esta traza tan afamada es, según opinión de los viajeros, muy inferior al castillo de Maisons, construido por François Mansart con tan poco gasto. Bernini fué magníficamente recompensado y no mereció esas recompensas: hizo tan sólo dibujos que no se utilizaron.