El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV He visto en Francia quien haya rehusado dar doce mil libras por un cuadro de Santerre. Es difícil encontrar en Europa una obra de pintura más amplia que el cielo raso de Lemoine en Versalles; y no sé si hay otros más bellos. Tuvimos después a Vanloo, que era considerado incluso por los extranjeros el más grande de su tiempo.
Colbert no solamente le dio a la academia de pintura la forma que tiene hoy, sino que, en 1667, indujo a Luis XIV a que estableciera una en Roma. Se compró en esta metrópoli un palacio, en el que se aloja el director. Se envían a ella alumnos premiados en la academia de París. El rey paga su traslado y mantenimiento: copian a los antiguos, estudian a Rafael y a Miguel Ángel. El deseo de imitarlos es un noble homenaje que se le rinde a la Roma antigua y moderna; y no se ha dejado, incluso, de rendir ese homenaje desde que las inmensas colecciones de cuadros de Italia reunidas por el rey y por el duque de Orléans, y las obras maestras de escultura producidas por Francia nos han puesto en condiciones de no buscar maestros en otras partes. Nos hemos destacado, sobre todo, en la escultura y en el arte de fundir figuras ecuestres colosales de una sola pieza.